Yo deseaba un jardín. Carlos, se sentía muy escéptico de que pudiera tenerlo. Él no sabía que mis deseos eran más fuertes que mi sensación de pertenencia a mi ciudad de origen y el apego que tenía a nuestro cotidiano.
Dejé todo por la posibilidad de tener mi propio jardín. Cuando llegué a Querétaro, me encontré con una superficie de 3×2 mts, que mi papá planeaba cubrir con concreto, o peor aún, con pasto artificial. También había por alguna razón, cazuelas y ollas oxidadas, con papas mutantes y experimentos de siembra fallidos de mi papá, que es incapaz de tirar cualquier cosa, por más pútrido que esté. Era un suelo inerte, bajo la supervisión de un hombre que no sabía lo que hacía. Ese suelo y yo, nos sentíamos igual y estábamos bajo las mismas circunstancias.

Me tardé meses en saber cómo empezar el jardín. No tenía dinero, ni trabajo, y no sabía qué poner, ni cómo hacerle. Lo miraba desde el comedor, pensando, “por fín tengo un espacio para un jardín y no le estoy dando la prioridad que merece.” Yo no sabía, pero un jardín no se puede sembrar desde el vacío. No era temporada de siembra, era más bien temporada de barbecho (que es el periodo en el que se permite que la tierra se recupere antes de sembrar; tuve que buscar el término porque soy una niña de ciudad). Pasó algo de tiempo hasta que mi papá empezó a presionarme para que hiciera algo con el jardín. Decidí, desafortunadamente, poner pasto. Salí en mi bicicleta y busqué el jardín mejor cuidado de mi colonia, y pedí referencia del jardinero. Mis amigos más cercanos saben que ese jardinero sale frecuentemente a colación en mis sesiones de terapia.

El jardinero tomaba muchas decisiones sobre mi jardín, decisiones que le convenían más a él que a mí, y que no se alineaban con lo que yo pensaba o quería. Sin embargo, me costaba mucho trabajo decirle que no o tomar agencia sobre el destino de mi jardín. No sabía lo que quería ni mucho menos podía defenderlo. Me descubrí haciendo algo que mi mamá hace todo el tiempo: Mentir sobre la presencia de un hombre simbólico en la casa, para poder tener alguna especie de respeto y autoridad sobre la voluntad del jardinero. Si me quería cobrar mucho le decía que mi esposo no me había dejado suficiente dinero, si me daba una sugerencia le decía que lo tenía que consultar sí, o sí, con mi marido. Reflexionando ahora puedo decir que esta necesidad de inventarme una figura masculina de autoridad, aunque relativamente desconcertante, tiene su origen en mi experiencia de vida en este país. Tomar en cuenta la opinión y las decisiones de las mujeres en México, es opcional. El “no” significa “Tal vez”, el “no estoy segura” significa “Sí”. Es propio de nuestra cultura, que nos eduquen para complacer y no incordiar. Es a través de la desestimación sistémica de nuestros deseos y la invalidación de nuestras opiniones que se perpetúan los mayores abusos en nuestra contra, aún sin haber dado nuestro consentimiento. Esto pasa desde que nacemos y es extremadamente difícil de identificar porque no sabemos qué se siente que te tomen en cuenta, ni sabemos lo que es ser socializadas como a un hombre. Este comportamiento nos ha arrancado a muchas, la posibilidad de decidir sobre nuestras vidas y de vernos a nosotras como protagonistas de nuestra historia. Siendo una mujer con mucho privilegio, me tomó más de 30 años darme cuenta que esto estaba pasando, y no me salvé de encontrarme en situaciones de abuso aún después de haber dicho explícitamente que no. Es atroz pensar que esta problemática nos atraviesa a todas. Aunque no por igual. Ninguna se salva, pero unas nos salvamos más que otras.
Mi esposo imaginario, que tenía más autoridad que yo, sí podía decidir sobre mi jardín y también decirle que no al jardinero. Un hombre que ni siquiera nació, tiene más oportunidad de tomar decisiones sobre mi vida que yo. Chínguense eso.
Era la primera vez que había vivido sola en México. La experiencia me dejó claro que ser una mujer soltera es estructuralmente perjudicial, y que no tener de pareja a un hombre, es el equivalente de no tener un aval, porque por más preparación y capacidad que una tenga, habrá siempre circunstancias en las que se necesite que un hombre responda por ti. Aún después de separarme, y venir a Querétaro, mi papá automáticamente empezó a fungir ese rol de autoridad masculina. Y es que ya ni siquiera importaba que mi papá estuviera o no en la casa, porque esa figura de control y de invalidación constante de todos modos ya vivía dentro de mí, y mi entorno constantemente lo reforzaba.
Tratando de cuidar el jardín, me di cuenta de lo mala idea que había sido poner pasto en un desierto. Una especie que no es endémica, que requiere mucha agua, y que literal fue conceptualizado como un símbolo de estatus por unos franceses nada-que-ver-ientos, sin tomar en cuenta realmente las necesidades reales de la tierra o del entorno. O sea, nada que ver con mis valores, mis afectos, mis pensamientos ni lo que es importante para mi. Aparte, tenía parches de diferentes especies de pasto, porque el jardinero me convenció de plantar retazos de otros jardines, solo porque era pasto muy costoso que le había sobrado. Mi jardín era un Frankenstein de las sobras de gente rica, la presión de mi papá, los deseos del jardinero y las ideas rancias del colonialismo 💀.

Hace 2 años, mi amigo Diego, estaba regalando un Romero que tenía en un huacal, debido a una mudanza, si no mal recuerdo. Supe que el romero se daría bien en mi jardín y me dio mucha emoción recibirlo en mi casa. Desde que llegó, el Romero se agarró fuerte al suelo y empezó a crecer muchísimo. Atraía a todos los mosquitos, lo cual era bueno porque así no se metían a mi casa, aparte de que llenaba mi jardín con un delicioso aroma en las noches. Después de que llegó el Romero, decidí experimentar un poco. Le puse una tierra mezclada con composta de mis residuos orgánicos, que traía muchísimos agentes extraños. Empezó a crecer de forma descontrolada, aquello a lo que se le conoce como “mala hierba”. Paradójicamente esta “mala hierba” atrajo a mi jardín a abejas, colibríes, mariposas y muchos hermosos polinizadores. Mis gatos se divertían escondiéndose bajo el follaje y mi papá hacía bromas sobre una planta en específico que había crecido tanto que no le veíamos la punta. Decía: “a ver si al rato no baja una persona de ahí” y esa idea se me hacía muy divertida. Reflexioné sobre lo que significa la mala hierba, y sobre cómo es perseguido y castigado lo diferente. Cómo hasta en pequeños detalles de nuestra vida, le tenemos miedo a la diversidad. Pero es justo esto lo que atrajo a mi jardín a los más hermosos visitantes, criaturas que el pasto jamás podría atraer. Aunque estaba creciendo descontroladamente, esos meses tuve un jardín que finalmente representaba mi visión, y que podía disfrutar cada vez que miraba por la ventana. Eventualmente sí tuve que llamar de nuevo al jardinero, porque ya no encontraba a mis gatos entre la hierba. El jardinero me dijo que íbamos a tener que volver a plantar el pasto, porque la hierba lo había desplazado, a lo que le respondí que estaba próxima a mudarme y que ese jardín pronto dejaría de ser mío. Sentí un poco feo, porque sabía que era la última vez que lo vería, y aunque sabía que era una de mis relaciones más tóxicas (en serio amigos, en esta historia no estoy haciendo suficiente énfasis en ello), no dejó de ser un personaje importante dentro de mi crecimiento personal, ya que puso a prueba muchos comportamientos inconscientes que sin saberlo me estaban limitando en mi día a día.

Para mí, este Romero simboliza las amistades y la comunidad que pudo nacer entre nosotros. Las comidas o cenas que preparamos en nuestras casas, los martes del club de canciones, luego club de fans del plátano macho, luego fundación cultural amigos del universo A.C. Fueron los jams que hicimos en casa de Chipe, o las veces que fuimos a explorar la naturaleza con Mel y sus amigos. Fue manejar por primera vez en carretera de noche con Sergio y Cletus, buscando un cometa verde. Fue poder hablar en Neblinas gracias a Gore o ir al rancho del papá de Javi a ver gallinas al amanecer. Fue andar en bici y sembrar semillas en Hércules con la comunidad de chicas ciclistas, o juntarnos a dibujar cada lunes en el Drink and Draw. Fue reírme hasta llorar porque una pareja no nos dejaba pasar en la calle a Ceci y a mi con tal de no soltarse de las manos. Fue ir a Kokoro a bailar con Isa y Beto aunque ya me hubiera puesto mi pijama, y dibujar en el Cimatario con Pía y Gabi, y correr al coche antes de que la policía nos quitara la placa por estacionarnos donde no se debía. Fue ver el niño y la Garza con Lolbe. Fue poder colaborar con Armando en una canción, y construir nuestros propios muebles para gatos con Ale. Fueron mis vacaciones en San Juan con Diego. Fue también, poder estar presente en las respectivas bodas de Carlos y Mariana y Danif y Ro.

El Romero, en mi jardín, fue lo que me permitió atreverme a experimentar, y querer ser más yo. Fue la amistad de todos ustedes, los espacios que crearon, las oportunidades que me ofrecieron,las exposiciones a las que me invitaron, las clases que dieron, las veces que presentaron su arte en público, las que me acercaron más a mi misma, las que me inspiraron a cambiar mi vida, y a creer más en mi. Me dieron el ejemplo para cultivar dentro de mí un jardín tan hermoso, que nunca jamás ningún jardinero podrá corromper con sus intereses 💪🏼. Un jardín en el que puedo sembrar mi visión, una vida en la que la opinión masculina no me significa, y su ausencia o presencia no me limita.
Estoy muy agradecida con todos ustedes. Lamentablemente no me puedo llevar el Romero, y tampoco me puedo llevar lo que construimos aquí pero si me quedaré con todas la experiencias que vivimos juntos así como toda la inspiración y los aprendizajes que me brindaron en estos 3 años. El romero se queda aquí, en este lugar que se ha convertido en la promesa de una nueva comunidad creativa, tal vez parecida a las que ya hemos creado en muchísimos otros espacios intangibles con anterioridad. Este romero se queda como recordatorio del impacto que un pequeño acto nuestro puede tener sobre la vida de los demás, y como no podemos dejar de crear y buscar nuestra autenticidad, aunque sea a costa de nuestra comodidad o de la aceptación de los demás. Sería una pena muy grande verlos rendirse y saber que nadie podrá conocer sus ideas y sus historias como yo las conocí. Ustedes saben que yo soy una idealista y creo fervientemente que a través del arte y la amistad, el cuidado y la amabilidad, sí se puede hacer un cambio social. Gracias a los que están aquí, por resistir al cinismo y no rendirse. A veces parece que ser optimista y positivo es de estúpidos, pero la realidad es que se necesita mucha voluntad y valentía para defender lo que uno cree, y esas semillas son más fértiles de lo que nos damos cuenta.

Gracias por ser ustedes y por abrirme las puertas a su comunidad y a su ciudad.
Los voy a extrañar mucho y los quiero mucho.




